
Cuando uno escucha a Martha Chávez avalar la destrucción del monumento El Ojo que Llora (lo llamó “monumento basura”), lo primero que se pregunta es por qué este país tiene la extraña capacidad de generar movimientos como el senderismo y el fujimorismo. Las palabras de la excongresista, recuerdan cuando Guzmán justificó la masacre de campesinos en Lucanamarca por las huestes senderistas. Escucharlos, es pensar por un momento que la crueldad ganó en nuestro país y que los afanes civilizatorios de la política fueron derrotados. Por eso, la otra cara de la crueldad es un cinismo que renuncia al diálogo y que se basa en el engaño. La comba podría ser su símbolo.
Hoy los fujimoristas se quejan de las actuales condiciones carcelarias de su líder y se olvidan de las condiciones de los primeros presos en la famosa Base Naval. Y si bien, ello no implica justificar lo que Guzmán y Polay hicieron - ambos merecen la cárcel-, es útil recordar que las celdas en dicha prisión, según la Cruz Roja, medían dos por tres metros y no tenían puerta. Los prisioneros fueron descolgados desde los techos; tenían sólo una ventana que permitía que la luz ingresara por treinta minutos al día. Sus vigilantes no les hablaban. Fueron, como ha dicho Keiko Fujimori, “enterrados vivos”. Algo muy diferente, por cierto, a lo que hoy se reclama: un hotel de cinco estrellas para un presidente que conformó grupos paramilitares, justificó masacres y que se fugó del país.
Por eso lo visto en estos días, es un show mediático y manipulatorio. Además de un acto de desesperación. Los fujimoristas saben que el tiempo es su peor enemigo y que en pocas semanas lo que le pase a su líder, ocupará, acaso, un breve espacio en las páginas policiales. La desesperación es tan grande que han tenido que salir a la superficie fujimoristas solapados, topos todos estos años, para decirnos que la decisión de la justicia chilena es “prevaricadora (y) violatoria de los derechos humanos”, como lo acaba de afirmar en una reciente entrevista Javier Valle Riestra, ex primer ministro de Fujimori y actual congresista aprista.
En realidad, derrotado el senderismo, el fujimorismo aparece como el principal escollo que la sociedad tiene que vencer para reabrir el proceso de democratización que se inició con la transición y que quedo truncó. Y es que el fujimorismo es un movimiento que se alimentó (y se alimenta) de lo peor de nuestra sociedad: los defectos reiterados de una clase política reacia a la autorreforma, de unas elites que consideran que los otros no son ciudadanos y de una población que reclama venganza por no encontrar justicia . Su aspiración “política” es apropiarse del Estado para convertirlo, como fue en la década pasada, en un botín de guerra y en coto de caza de los grandes intereses económicos. Por eso, los fujimoristas no son un partido sino más bien una banda mafiosa que nada tiene que hacer con el sistema democrático, salvo corromperlo.
Además, el fujimorismo es funcional a un modelo económico que tiene como necesidad apropiarse de los bienes del Estado como sucedió en los años de la privatización, pero también de una elite interesada en disciplinar a las clases populares en momentos en que ellas aspiran a ser mayoría política. Su funcionalidad, por lo tanto, no se deriva de una supuesta ideología neoliberal (en realidad, el fujimorismo carece de ideología) sino más bien de su carácter mafioso y autoritario al mismo tiempo.
Y si bien estas últimas afirmaciones pueden sonar como “políticamente incorrectas”, es hora que entendamos que una democracia se construye derrotando a quienes considera sus enemigos. La idea que la democracia no tiene enemigos o que sólo el senderismo es su enemigo, como lo hemos señalado en otro momento, es un error. Por eso, lo que ha sucedido todos estos últimos años ha sido más bien una abierta conciliación con el fujimorismo, que se inició en el gobierno anterior y que en el actual ha llegado a niveles nunca vistos: los dos vicepresidentes han pertenecido (¿seguirán perteneciendo?) a las filas del fujimorismo.
La llegada de Fujimori replantea el escenario político. Abre posibilidades para perfilar un nuevo pacto político capaz de derrotar no sólo a un autoritarismo mafioso que ya nos gobernó sino también a un modelo económico que necesita de la corrupción para desarrollarse y que hoy pretende consolidarse en el país.
Hoy los fujimoristas se quejan de las actuales condiciones carcelarias de su líder y se olvidan de las condiciones de los primeros presos en la famosa Base Naval. Y si bien, ello no implica justificar lo que Guzmán y Polay hicieron - ambos merecen la cárcel-, es útil recordar que las celdas en dicha prisión, según la Cruz Roja, medían dos por tres metros y no tenían puerta. Los prisioneros fueron descolgados desde los techos; tenían sólo una ventana que permitía que la luz ingresara por treinta minutos al día. Sus vigilantes no les hablaban. Fueron, como ha dicho Keiko Fujimori, “enterrados vivos”. Algo muy diferente, por cierto, a lo que hoy se reclama: un hotel de cinco estrellas para un presidente que conformó grupos paramilitares, justificó masacres y que se fugó del país.
Por eso lo visto en estos días, es un show mediático y manipulatorio. Además de un acto de desesperación. Los fujimoristas saben que el tiempo es su peor enemigo y que en pocas semanas lo que le pase a su líder, ocupará, acaso, un breve espacio en las páginas policiales. La desesperación es tan grande que han tenido que salir a la superficie fujimoristas solapados, topos todos estos años, para decirnos que la decisión de la justicia chilena es “prevaricadora (y) violatoria de los derechos humanos”, como lo acaba de afirmar en una reciente entrevista Javier Valle Riestra, ex primer ministro de Fujimori y actual congresista aprista.
En realidad, derrotado el senderismo, el fujimorismo aparece como el principal escollo que la sociedad tiene que vencer para reabrir el proceso de democratización que se inició con la transición y que quedo truncó. Y es que el fujimorismo es un movimiento que se alimentó (y se alimenta) de lo peor de nuestra sociedad: los defectos reiterados de una clase política reacia a la autorreforma, de unas elites que consideran que los otros no son ciudadanos y de una población que reclama venganza por no encontrar justicia . Su aspiración “política” es apropiarse del Estado para convertirlo, como fue en la década pasada, en un botín de guerra y en coto de caza de los grandes intereses económicos. Por eso, los fujimoristas no son un partido sino más bien una banda mafiosa que nada tiene que hacer con el sistema democrático, salvo corromperlo.
Además, el fujimorismo es funcional a un modelo económico que tiene como necesidad apropiarse de los bienes del Estado como sucedió en los años de la privatización, pero también de una elite interesada en disciplinar a las clases populares en momentos en que ellas aspiran a ser mayoría política. Su funcionalidad, por lo tanto, no se deriva de una supuesta ideología neoliberal (en realidad, el fujimorismo carece de ideología) sino más bien de su carácter mafioso y autoritario al mismo tiempo.
Y si bien estas últimas afirmaciones pueden sonar como “políticamente incorrectas”, es hora que entendamos que una democracia se construye derrotando a quienes considera sus enemigos. La idea que la democracia no tiene enemigos o que sólo el senderismo es su enemigo, como lo hemos señalado en otro momento, es un error. Por eso, lo que ha sucedido todos estos últimos años ha sido más bien una abierta conciliación con el fujimorismo, que se inició en el gobierno anterior y que en el actual ha llegado a niveles nunca vistos: los dos vicepresidentes han pertenecido (¿seguirán perteneciendo?) a las filas del fujimorismo.
La llegada de Fujimori replantea el escenario político. Abre posibilidades para perfilar un nuevo pacto político capaz de derrotar no sólo a un autoritarismo mafioso que ya nos gobernó sino también a un modelo económico que necesita de la corrupción para desarrollarse y que hoy pretende consolidarse en el país.
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