Ya suman 180, los policías y militares muertos en los últimos nueve años. Esto debería removernos (como una fuerte cachetada) de ese letargo a la que los peruanos estamos propensos. Lo importante es que no se vuelva a repetir lo que pasó en la guerra contra Sendero Luminoso, donde caímos en una alucinación negativa grupal, sobretodo los que habitamos en los llamados centros urbanos "más modernos" del país. Ante las masacres diarias en las zonas andinas, reaccionamos con una indiferencia parecida a la que cuando nos enteramos de un robo en Bangladesh.
Necesitamos sentir y difundir esas muertes como propias, como si fueran las de nuestros familiares, porque esos uniformados cayeron por defendernos a todos, en lo que, realmente, se debería llamar “la guerra de la coca”. Esto es necesario porque, sino, repetiremos un comportamiento que (con esa aparente pasividad que encubre nuestra terca pulsión de muerte) termina avalando el sacrificio y el abandono de compatriotas, cuyo destino "no nos afecta" debido a esas inequidades que nos transforman en una sociedad tan desvinculada. Así se pierden las guerras.
También están las viscerales declaraciones de algunos políticos, que critican a quienes acusan a los militares violadores de derechos humanos. El callar cuando se trata de víctimas ocasionadas por las Fuerzas Armadas, es la peor manera de enfrentar una situación tan grave. En vez de buscar chivos expiatorios (como APRODEH), las autoridades deberían asumir el liderazgo que nos unifique ante una amenaza tan terrible como el senderismo. Recuerdo cuando el general Guibovich puso como imagen la espada, para graficar las relaciones que debe haber entre la fuerza armada y el poder civil: “brilla cuando nos dedicamos a lo nuestro y se opaca cuando nos alejamos de ello. Deja de ser un símbolo de honor cuando apunta al corazón de la democracia”.
Lo inquietante ha sido que estos políticos, al referirse a los soldados acusados y procesados por violar los derechos humanos, dicen que no están solos y la nación les guarda gratitud. Aquí encontramos una posición que no podemos, bajo ningún pretexto, dejar pasar. Por el bien del ejército, en primer lugar, es indispensable distinguir a quienes combatieron y pagaron con el precio de sus vidas o quedaron discapacitados o psíquicamente dañados, de quienes violaron derechos humanos de forma grave y repetida.
A los primeros les debemos gratitud, reconocimiento y compensación que generalmente el Estado no está cumpliendo y la nación está en deuda. Tal como lo está con las víctimas de abusos, torturas y asesinatos, desgraciadamente muchas veces por parte de militares, de lo cual tenemos bastantes evidencias (fosas clandestinas, relatos de violaciones grupales, torturas, asesinatos, etc) que hoy se pretende ocultar con el pretexto del combate contra Sendero Luminoso. Siendo tan abrumadora la cantidad de pruebas y testimonios de las atrocidades cometidas en esa época funesta, esto ya no debería ser motivo de polémica, pero ahí están la complicidad solapada de buena parte del poder civil y la población indiferente. Por eso seguimos entrampados, confundiendo a los soldados que enaltecieron su espada (símbolo fálico por excelencia), con quienes la embarraron (en un registro sádico-anal), como vuelvo a repetir, debido a las grietas y desigualdades políticas que marcan con líneas deshonrosas los caminos de nuestra sociedad.
Por ultimo, los senderistas podían causar los daños inmensos que sabemos, pero les seria muy difícil infiltrarse como gobernantes del país. Cosa que sí hace el narcotráfico que, para colmo de males, se ha aliado con el ala militar del terrorismo. Es mezquino, peligroso y ineficaz designar culpables imaginarios para calmar el dolor y rabia que producen pérdidas como la de Zoraida. El principal enemigo es el narcoterrorismo. Es contra ellos que debemos indignarnos y defendernos, de manera conjunta. Son ellos los asesinos, no las ONG, los sindicatos o algún otro trasnochado fantasma ideológico que deforma el juicio y nos hace perder tiempo; por eso necesitamos un ejercito bien orientado y respetado. El otro enemigo, me temo, somos nosotros mismos por la poca capacidad que tenemos para manejarnos como una colectividad organizada en una visión compartida sobre lo que nos puede beneficiar a todos, esto nos puede llevar por la situación que viven México o Colombia, lastimosamente, creo que hacia allá vamos.
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