Hace 40 años, la izquierda peruana creyó demasiado, con muy penosas consecuencias, en la posibilidad de un triunfo revolucionario. Ahora, en el siglo 21, la revolución se ha convertido en una obsesión de la derecha. Algunos "periodistas" limeños hablan sin parar de una amenaza comunista, ante cualquier reclamo que se haga al gobierno o cualquier crítica que se dirija hacia nuestra economía. Total Estupidez 1. Pero, también, hace unos meses escuché una postura igual de miope, en mi universidad San Marcos, que afirmaba que las condiciones en el Perú son similares a las de Rusia en 1917 y que la revolución está a la vuelta de la calle. Total Estupidez 2.
El miedo de una revolución es muy fuerte en muchos sectores de nuestro país, sobretodo en los conservadores de nuestra costa, debido a la nefasta experiencia vivida en los 80 con Sendero, el movimiento revolucionario más radical, visceral y brutal de Latinoamérica. Este alarmismo es fácil de entender. Pero tenemos que pensar si ¿realmente hay condiciones revolucionarias en nuestro país? ¿Podría una minoría radical llegar al poder y establecer una dictadura comunista? La evidencia nos muestra que no es así y es que las revoluciones son acontecimientos raros que solo ocurren bajo circunstancias especiales. Recordemos que estas se han producido bajo tres escenarios.
1. Una intensa insurrección campesina que se da, paralelamente, al colapso del Estado originado por alguna derrota militar. Eso fue lo que pasó en Rusia y China. Estas condiciones son difíciles de darse en nuestro actual mundo occidental, porque pocos Estados son destruidos por la guerra y las sociedades son más urbanizadas (en América Latina una sublevación campesina no sería suficiente por el poder que tienen las ciudades).
2. Una revolución anticolonial (Mozambique o Vietnam), donde al salir del poder colonial se produce un colapso del Estado. Este escenario tampoco se reproduce en nuestro mundo actual, ya que si hay un poder "neocolonial" este se presenta muy teórico, sutil y poco factual para ser asimiladas por la mayoría y enardecerlas. Es más, las mismas personas reclaman insertarse, de manera adecuada, a este sistema de poder globalizado.
3. El colapso de una dictadura ultrapersonalista, donde el dictador y su familia manejan todas las instituciones importantes del Estado. Lo tenemos en Nicaragua bajo Somoza, República Dominicana bajo Trujillo, Cuba bajo Batista, Haití bajo Duvalier e Irán bajo el Shah. Estos gobiernos son vulnerables a la revolución porque, cuando cae el dictador, las instituciones del Estado tienden a colapsar, produciendo un gran vacío de poder. Pero, aun en estos casos, una revolución solo se da cuando una fuerza revolucionaria forma una amplia asociación opositora que incluye a los sectores urbanos y una parte de la clase media. En Cuba, Irán y Nicaragua, los que hicieron la revolución fueron respaldados por grupos religiosos, pequeños comerciantes de las ciudades y hasta empresarios.
Ninguno de estos contextos existen en el Perú actual. En primer lugar, el régimen no es dictatorial, sino democrático (así no te guste, todos hemos participado de alguna manera en las elecciones y así lo percibe la mayoría) y ninguna revolución se ha dado bajo democracia. Segundo, los grupos radicales no cuentan con aliados urbanos y sin una base sólida en Lima que tenga real influencia en la gente, ningún movimiento revolucionario peruano va a prosperar. Por ultimo, nuestro Estado peruano es débil (ineficiente, corrupto, no maneja los conflictos sociales) pero no está al punto de colapsar y sin ello, no hay revolución. Pero ¿Bagua? ¿Las Huelgas de médicos y profesores? ¿Conga? Seria demasiado idiota creer que dichas manifestaciones buscan la transformación del sistema, porque sus objetivos son puntuales y pragmáticos. Las evidencias empíricas nos muestran, entonces, que no hay las condiciones para que, actualmente, en el Perú se de una revolución.
Pero ¿podría ocurrirnos lo de Bolivia, donde el gobierno fue derrumbado por movilizaciones, permitiendo la elección de Evo Morales? No, porque habían tres circunstancias en ese país que no existen en el Perú de hoy. Primero, una vasta infraestructura de organizaciones sociales (campesinas, cocaleras, sindicales, vecinales e indígenas) con alcance en todo el territorio del país y con capacidad de movilización muy superior a las que tienen las peruanas, que cuentan con organizaciones locales (rondas campesinas, frentes de defensa) o pequeñas y marginales, a nivel nacional (Patria Roja, Movadef). Segundo, la movilización boliviana tuvo una fuerte presencia urbana, sobre todo en El Alto. En Lima y toda la costa, que concentra la mayor población, la protesta radical es casi inexistente, porque las urbes están más concentradas en surgir económicamente que en reclamar. Tercero, en Bolivia el mensaje antisistema de Morales recibió el apoyo de la mayoría de sus compatriotas; en el Perú, el voto radical no supera un tercio del total de electores (casi ni existe en Lima) por eso Ollanta tuvo que cambiar su discurso, plan de gobierno, visitar a Cipriani y a los empresarios para poder ser elegido.
Esto muestra que las condiciones, con las que triunfaron las revoluciones en otros países, no existen en el Perú. La derecha mediática está equivocada porque la revolución no está a la vuelta de la esquina; no olvidemos que estos tipos, que hoy hablan de la amenaza comunista, nos decían hace poco que Humala iba a ser otro Chavez. Este miedo exagerado sobre el radicalismo o el desorden son peligrosos para la democracia, porque pueden justificar medidas autoritarias. Tanta es nuestra estupidez, que en Argentina el 2001-2002 hubo saqueos urbanos, meses de bloqueo de carreteras y grandes marchas, tumbándose dos presidentes; en México, después de las elecciones del 2006, 400 mil personas tomaron el centro del Distrito Federal por dos meses, bloqueando el tráfico y ocupando edificios estatales; el año pasado, Chile tuvo una masiva y duradera protesta estudiantil con más de 200.000 personas y tomas de cientos de colegios y universidades. Pero, en estos países, nadie planteo el dilema de escoger entre oclocracia (gobierno de la muchedumbre) y autoritarismo. En Lima se pinta un monumento en una protesta que no llegó a 20.000 personas y ya estamos ante ese dilema o creyendo que vamos rumbo al socialismo.
Por ultimo, la mezcolanza entre democracia y minería aumenta la protesta, no solo en nuestro país, sino en todo el mundo. Y en una democracia como la nuestra, con un Estado débil y mucha desigualdad, vamos a tener más conflicto social. Pero, interpretar esa situación como una inminente oclocracia o comunismo nos conducirá a un camino autoritario. Algunos ya comentan que Cajamarca nos enseñó que el estado de emergencia ayuda a controlar la protesta. ¡Claro! Así como, también, Pinochet lo hizo. La democracia no es fácil de fortalecer. Para que pueda ser bien entendida y aplicada, las instituciones democráticas necesitan décadas, pasando por momentos fuertes y dubitativos. Pero, si se opta por el orden vertical y autoritario cada vez que brote un conflicto social, la democracia no va a poder consolidarse nunca y eso es lo que esperan los idiotas radicales, tanto de las llamadas izquierda y derecha.

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