viernes, 28 de septiembre de 2012

El muro que no permite ver nuestro alrededor: Nosotros

A los pocos días de caer el Muro de Berlín, un dirigente histórico del partido comunista peruano, frente a la pregunta por las consecuencias de dicho acontecimiento contestó: “¡No pasa nada, el comunismo está firme y tranquilo y en cinco años llegará a Sudamérica”. A la siguiente semana se desmoronó el poder soviético. El dominó se estaba desplomando en sus narices pero el deseo (aquella mazamorra de afectos e ideología) de no verlo, era más fuerte para él.

Solo así se explica que, hasta hoy, haya personas que piensen que Cuba se maneja democráticamente o que la invasión de Irak era necesaria para combatir al terrorismo. O que Chávez no es corrupto y defiende los intereses del pueblo, como Fujimori, o que una debacle económica internacional no afectará al Perú (donde no hay crisis, solo desaceleración, según PPK). O que el modelo capitalista neoliberal continuará como si nada, pasado el temblor de alguna recesión. Ceguera, miopía, daltonismo o negación de lo cambiante que es la realidad.

La diferencia de ahora, con la caída del muro alemán, es que no hay un sistema hegemónico visible que ocupe el espacio vacío tras una posible caída de Wall Street, nuestra jodida pared de ahora. La desintegración del estalinismo cedió su lugar, aparentemente, al mercado libre, al pensamiento único y al fin de la historia. Pero luego China se puso a administrar un chifa que viola estas endebles convicciones, usando recetas heterodoxas, donde los derechos humanos no son el condimento más importante. Por el contrario, su uso es tan minucioso y limitado como el que tienen los japoneses al consumir su venenoso pez globo: si desbordas la pequeñísima dosis tolerada, mueres. A esto vamos, los sucesos son los que mandan y tienen, en las percepciones de la gente, uno de sus motores más relevantes para autodirigirse. No hay otra, hay que ir a ellos.

Así que, durante estos meses que estoy trabajando en diversos lugares de la ciudad y en provincias, comienzo a darme cuenta de algunos cambios en mi manera de percibir, escuchar y pensar a mi país. Es muy saludable no estar en un autosecuestro intelectual dentro de la universidad, para tener la oportunidad de intercambiar opiniones, afectos y perspectivas sobre el Perú; junto a personas de los llamados sectores B,C,D que día a día van moviendo nuestra vida y que son la mayoría de habitantes. Es un curso superintensivo de realidad psicosocial, donde uno se instruye y desprejuicia; confiando que, con el simple hecho de escucharnos unos a otros, en un clima de tolerancia y usando el pensar crítico, sea beneficioso para todos los que participamos en la experiencia.

Cuando un político presenta uno de los tantos planes para luchar contra la pobreza, sucede que casi nadie le cree. Muchos comentan que llevan años pidiendo agua y desagüe y no les dan, otros afirman que al llegar Techo Propio, estos les informan que no se les pueden aplicar el programa porque no cuentan con agua. A esto se refería César Moro al decir que si Kafka hubiese sido peruano, sería un escritor costumbrista. Luego, cuando se habla de la lucha anticorrupción, los gestos negativos se hacen más elocuentes. Dicen que si hubo cierto avance, fue durante el gobierno de Paniagua porque desde Toledo, las cosas en esa área han ido empeorando, pese a los juicios a Fujimori.

Creo que estamos entrando en un periodo enredado, borroso y peligroso. Es necesario pensar en medidas serias para atenuar el fuerte impacto que podría causar este momento (desaceleración económica, posible resurgimiento de la violencia, frustración generalizada por promesas incumplidas) donde los que van a sufrir más son los mismos de siempre. También, hay que dejar de lado, aquella premisa delirante de que los ricos lideran el cambio responsable y justo, porque coincide con sus intereses. Así, empezamos a oír los ruidos de un huaico engendrado en el Primer Mundo y que nuestra clase política le construye su canal, como si fuesen el sonar de las siete trompetas que tumbaron los muros de Jericó.

Cuando el dirigente comunista negó, con arrogancia y desagrado, los escombros que caían lentamente y mostraban el inminente derrumbe de la Unión Soviética, pensé: se necesita menos ideología y más Kafka. Podrá ser doloroso y confuso para uno que muchas de las ideas con las que se formó en la universidad, simplemente no va con la realidad, pero como diría Claudio Magris: “El desencanto, que corrige a la utopía, refuerza su elemento fundamental: la esperanza”.

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