domingo, 4 de noviembre de 2012

El diablo en el laberinto llamado Perú.

Hace unos días, el diablo bajó a la Tierra para ver como iban sus intereses y, despues de haber visto y escuchado todo, volvió al infierno, donde se había organizado una gran cena, tras el cual se puso de pie y dijo: “Todo bien. Los estados se transforman por lo bajo en sociedades anónimas. Nada se vende pero todo se compra, el honor e, incluso, la santidad. Los grandes se arranchan los dólares de países en inanición. Los valientes son llamados locos y los artistas tontos útiles. ¡Todo bien!”. Así, inicia una canción del recordado Jacques Brel donde el diablo muestra el resultado de su inspección.

Como la canción es viejita, ahora el diablo estaría conectado a Internet, ahorrandosé el venir y, al escuchar los Petroaudios o los audios de Marco Turbio para la revocatoria, estaría tranquilo sobre sus inversiones en el Perú. Aquellos diálogos (captados a la mala) nos contactan con lo más crudo del comportamiento de un importante sector de nuestras élites; además esa tranquilidad demoniaca iría acompañada de una sonrisa, al enterarse de la pronta libertad de Don Bieto y de las comodidades de Don Rómulo. Si bien aun no estamos como en la época de los vladivideos (donde algunos de sus protagonistas siguen al mando de grandes empresas, cargos estatales y canales de televisión) que mostraban un régimen corrupto hasta la carca del uñero más escondido, esta nueva avalancha de revelaciones (negocios estatales bajo la mesa, narcoterrorismo, aprovechadores revocadores, sindicatos mafiosos) no son un moco de pavo.

En el triste y recordado caso de la “ingeniera” Soraya Suárez (hace unos años estaba a punto de ser encargada de controlar el gasto público) se notó nuestra tolerancia con la corrupción. Cuando ella mostraba falta de malicia en los medios de comunicación, estaba representando a toda una mentalidad contemporánea, en donde lo que cuenta son los resultados, por la que una adulteración maliciosa de su currículo no la perturbaba. Esta forma de valoración no era un hecho aislado, es un signo de nuestros tiempos. Su proceder parecia más la identificacion con un ambiente moral inconsistente (una suerte de aprovechar el momento, sin importar conviccion alguna) que un cálculo cínico o perverso. Esto llevó a proposiciones delirantes, como el de afirmar que la abreviatura Ing. era por Ingrid y no por ingeniera. Lo cual, en sentido estricto, no deja de ser cierto, porque el recalcar la mentira, hasta ponerla de cabeza, es una de las vías por las cuales el inconsciente dice la verdad.

Sus consecuencias más tristes serán el hartazgo y la desconfianza de la población; aparte de enseñarnos el total desinterés por las condiciones de vida de los que necesitan más. ¿Lucha de clases? No jodas, es una lucha de intereses entre pobres contra pobres, ricos contra ricos y ricos contra pobres, donde se observa un cruel afán de lucro, en el cual el otro solo existe en la medida que funciona a mis propósitos. El lenguaje de los interlocutores chuponeados, no se debe a un estilo coloquial íntimo; sino, el hecho de que recurran a expresiones soeces está relacionada con la pulsión primaria de lo que está en juego. El recuerdo de la analidad domina este ambiente de codicia y de ansias desbordadas por enriquecerse rápidamente, por eso el constante uso de coprolalia (hablar con heces), asociada al dinero y al entorno sucio que los excita pero también perturba, así como a nosotros.

Actualmente, se han activado un conjunto de alarmas que se encendien de forma acelerada y caótica (narcterrorismo, policía ineficiente, movadef, revocatoria, inseguridad ciudadana), donde la principal víctima de este desconcierto es la confianza y la calma para enfrentar tiempos difíciles. Cada día resulta más claro que no se puede convivir impunemente con el pragmatismo extremo y la manipulación. Así como las parejas de los adictos sufren el síndrome de la codependencia (alucinan que van a salvar al condenado), esta convivencia en la que sus integrantes compiten por atrasar al otro, solo podía desembocar en más recalentamiento social. Ahora que las cosas se complican y el techo se resquebraja, el reto es prepararnos para saber lo peor e insistir en la terca búsqueda de la salud mental que debería tener nuestra comunidad.

Todo esto me deja una sensación de confusión junto con un sentimiento de rechazo parecido, cada día más, al asco. Estamos metidos en este laberinto tan familiar como desesperante, en cual parece que siempre nos hemos encontrado. Aunque, muchos todavia guardamos, secretamente, la ilusión de encontrarnos camino a la salida; más puede el poder de la frase de Kavafis: “a tan vana esperanza no desciendas” o el de Kafka con su peruanísimo: “hay esperanza, pero no para nosotros”. Me pongo a pensar ¿Y si Fujimori y Montesinos fueron una creación nuestra que condensaba lo peor de nuestra sociedad? ¿Y si lo que ha sucedido con los dos últimos presidentes no es más que el efecto lógico de haber escogido al lado oscuro de la fuerza, bajo el pretexto de que eran el mal menor? Quizás resulta que no hay mal menor (el mal es el mal) pero tampoco había (o no se veía) el lado claro de la fuerza; es decir que la claridad y la fuerza están, pero separadas.

Ahora es más evidente que el único interés y empeño de nuestros goberantes es dejar una huella en el crecimiento económico, sin importar alguna otra inquietud cívica (ya pasó de moda el insulto de "los cívicos", porque ahora se les dice caviares) y lo peor es que nuestra población cree que es lo correcto; como si fuera posible construir una nación solo a base de inversión foránea y discursos retóricos. Un modelo basado en el poder económico de unas élites adictas al dinero rápido y abundante, pero alérgicas a la tarea compleja de construir una democracia digna de llamarse así, nos ha llevado a una cloaca, llena de evidencias de corrupción, que no tiene cómo ser detenida. A los fujimoristas deberían mencionarles los límites del pragmatismo económico y dónde queda su estación final. Como diría Catoriadis: "Pensar no es reemplazar la incertidumbre de las sombras por los contornos recortados de las cosas mismas. Pensar consiste en entrar en el Laberinto, perderse en galerías que solo existen en la medida que las cavamos incansablemente, en girar en círculos en el fondo de un callejón sin salida cuyo acceso se ha cerrado detrás de nuestros pasos, hasta que esta rotación abre, inexplicablemente, fisuras transitables en la pared”.

Es preferible enfrentar la verdad que ocultarla en nombre de la gobernabilidad o de cualquier otro pretexto encubridor. Aunque, para combatir la corrupción es indispensable fumigar primero en casa, preguntandosé: ¿cómo habría actuado en circunstancias similares? Esto es un buen remedio contra la tentación de sentirse puro y superior. Así, habremos ingresado a una nueva etapa, en donde las autoridades deberán asumir sus responsabilidades y los ciudadanos, demostrar que hemos aprendido de las anteriores experiencias, presionándolos para que no sigan diciendo, satisfechos como el Diablo: ¡Todo bien!

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